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DCHoy día, la sociedad nos invita a “disfrutar de la vida”, y nos hace creernos vivos por ello. Sin embargo la raíz de esta invitación está en la idea de que la vida se acaba, que dura poco, es decir, viene motivado por una muerte que nos mantiene encadenados en el miedo. Sin embargo los cristianos creemos que “Cristo venció a la muerte de una vez por todas”. Bonita frase, pero ¿a mí qué?

Los libros gordos de teología hablan mucho sobre la resurrección, vienen a decir que es la confirmación del proyecto y el estilo de vida de Jesús por parte de Dios, y muestra que Dios estuvo acompañando a Jesús en toda su pasión. El que parecía ausente muestra su presencia. 

Creo que todos podemos tener experiencia de esa confirmación de Dios en medio de nuestras dificultades y problemas de cada día. Creo que podemos asomarnos a esa resurrección cada vez que nos sentimos acompañados y sostenidos por una mano que no vemos. Creo que podemos encontrar la raíz de una alegría profunda, de todas nuestras alegrías al fin y al cabo, en la resurrección de Jesús. Podemos ver como no hay esperanza que no venga, de una manera o de otra, de este gozo que nos ayuda a no temer a la muerte. 

El problema, puede ser, que ni los cristianos nos terminamos de tomar esto de la resurrección suficientemente en serio, y a veces lo entendemos como un simple milagro o algo que ocurrió una vez y se acabó. Entonces nunca podremos ver a Cristo como empezando algo nuevo, con una vida distinta que nos abre a una nueva humanidad. 

Lo cierto es que conozco gente que vive resucitada, sin esperar a la muerte ni haber vivido ningún milagro. Gente que entrega su vida cada día a los demás de muy diferentes maneras, sin enfadarse porque no les consideran héroes, y con la alegría profunda de no temer gastar la vida, porque saben que no hay que morir para resucitar, sino que basta con entrar en esa “nueva vida”, en esa “más vida”, que nos trajo Cristo. Es gente que sigue luchando por resucitar cada día, y que tienen un “extra” de vida que se les escapa por los ojos, por la sonrisa, y puede convertirse en algo contagioso.

Ojalá formásemos parte de esta gente resucitada, y que nos mirase a la cara por la calle diciendo: “este tipo cree en la resurrección”; y que podamos vivir repartiendo eso que creemos.

Alonso-Lasheras, sj

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