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Acojamos con corazón de hijas sus reflexiones, que nos sitúan en plena sintonía, en la Iglesia, con todas las consagradas y consagrados del mundo. Nos ponen sobre todo  en comunión con María que, de manera inesperada, sintió vibrar en su corazón una palabra llena de misterio. La palabra de alegría de parte de Dios en la Anunciación se convierte después en agradecimiento por las cosas grandes que el Señor realiza en ella cuando se hace misionera de su prima Isabel. «Alégrate, el Señor ha pensado en ti». Ella, con asombro y gran fe, entonó un canto de alegría: Magnificat.

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