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8 de septiembre 2019. DOMINGO XXIII DEL TO

Lc 14, 25-33

Lo mismo cualquiera de vosotros: Quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo

La parábola del hijo pródigo se enmarca como respuesta a una crítica de los fariseos y los escribas expertos judíos en la lea Ley mosaica, que estos le propinaban por recibir a los pecadores y comer con ellos.

Fundamentalmente recalca la misericordia de Dios. En su obra El corazón del Tercer Evangelio, Leonard Ramaroson (1979), dice que dicha parábola recalca la misericordia de Dios hacia los pecadores arrepentidos y su alegría ante los pecadores descarriados Lo que ha llevado a muchos teólogos bíblicos expertos a pensar que el nombre de la parábola debería ser “el padre de la misericordia”, y a mí, a darle el título de Parábola de la Misericordia Divina.

En efecto, el enfoque de dicha parábola no es el hijo joven, rebelde, y luego arrepentido, sino el padre que espera y corre, para dar la bienvenida al hogar a su hijo. Mensaje profundamente teológico que constituye los cimientos de la doctrina de Jesús, siempre orientada a la conversión de los pecadores, al perdón de los pecados y al rechazo a los formalistas que apartan al creyente de la verdad, la fe y la misericordia.

Esta parábola describe posteriormente la escena del arrepentimiento. Tras la vida de derroche y libertinaje, el hijo cae en la miseria y reflexiona acerca de su provecho personal y cae en cuenta que le traerá mayor bienestar regresar donde el padre, que seguir por su cuenta.

Aquí hay aspectos muy interesantes desde una perspectiva teológica: reflejar que las desgracias que provoca el pecado no son castigos divinos sino resultado de las malas acciones que siempre acaban mal.

Se puede decir que su verdadera conversión ocurre en este momento, pues ve en la actitud del padre desinterés y amor, principales características de una verdadera conversión. Conversión que ocurre al acudir a Dios y al arrepentirnos de las malas acciones de nuestra vida, como pone de manifiesto esta imagen.

parabola abrazo

Este es verdaderamente el personaje central de la parábola: representa a Dios Padre y, fundamentalmente, su atributo de misericordia. Los dos hijos representan a la humanidad entera, uno a los pecadores que se alejan de la voluntad del Padre y el otro a los que se someten a esta, pero ambos son merecedores de la herencia paterna.

El primogénito es el personaje que menos participa en la parábola. Representa a los hijos de Dios que se consideran a sí mismos justos y fieles, y que dicen someterse en todo a la voluntad del Padre.

El verdadero sentido de este personaje es mostrar como los fieles de Dios también caen en el pecado, en este caso la soberbia. Representa muy bien a los fariseos y escribas a los que Jesús le hablaba. Al reprocharle al padre lo que le hace a su hermano en comparación con lo que ha hecho por él se muestra que también en su fe su obediencia existía un móvil interesado.

Dice Jeff Bezo: Sabía que si fallaba no me arrepentiría, de lo único que me podía arrepentir era de no intentarlo 

Don Miguel de Unamuno nos invita a navegar con esperanza sobre las velas de un regreso a casa.

DE VUELTA A CASA

Desde mi cielo a despedirme llegas 
fino orvallo que lentamente bañas 
los robledos que visten las montañas 
de mi tierra, y los maíces de sus vegas. 

Compadeciendo mi secura, riegas 
montes y valles, los de mis entrañas, 
y con tu bruma el horizonte empañas 
de mi sino, y así en la fe me anegas. 

Madre Vizcaya, voy desde tus brazos 
verdes, jugosos, a Castilla enjuta, 
donde fieles me aguardan los abrazos 

de costumbre, que el hombre no disfruta 
de libertad si no es preso en los lazos 
de amor, compañero de la ruta.

Vicente Martínez