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Comentario al Evangelio del domingo, 30 de septiembre de 2018

      La parroquia, la diócesis, la Iglesia, el movimiento al que pertenezco. Esos son los grupos básicos a los que pertenece un cristiano. A través de ellos recibe la formación que necesita y canaliza el compromiso de su vida. A través de ellos se relaciona con otros grupos, con otras comunidades, con otras parroquias, con la Iglesia toda. Es maravilloso ver esas concentraciones masivas. Un día se reúnen los catequistas. Otro día se reúnen los miembros del grupo tal o de las comunidades cual. O el obispo convoca una concentración diocesana. Nos juntamos, oramos juntos, celebramos juntos nuestra vida cristiana y nos sentimos animados a seguir trabajando y esforzándonos por vivir mejor nuestro compromiso. 

      Pero, a veces, tenemos la tentación de mirar a todos los que no pertenecen a nuestro grupo como extranjeros y enemigos. Ellos no piensan exactamente como nosotros. Tienen un estilo y una forma diferente de hacer las cosas. Quizá –y esto se dio antiguamente en el caso de las congregaciones religiosas– hasta visten de forma diferente. Eso que sucede dentro de la Iglesia Católica sucede también en relación con las otras Iglesias, con las otras religiones... Miramos a los otros como extraños y, de entrada, les condenamos porque no son como nosotros. Y esa diferencia nos lleva a condenarlos. 

      El Evangelio de hoy nos recuerda algo muy importante: el Reino de Dios es más grande que el pequeño grupo que formamos los discípulos de Jesús, que los que estamos en nuestra parroquia, nuestra comunidad, nuestro grupo o nuestra Iglesia. El Reino abarca a todos los hombres de buena voluntad. Sin excepción. Basta con que abramos los ojos, habiéndolos limpiado previamente de prejuicios, filtros negativos y gafas oscuras, y miremos a nuestro alrededor. Nos sorprenderemos al ver la cantidad de hombres y mujeres que, aún pensando muchas veces de forma muy diferente a como nosotros pensamos o utilizando un nombre diferente para llamar a Dios o, incluso, afirmando con sus labios que Dios no existe, han hecho de su vida un servicio a los demás, a su bienestar, a su felicidad, a la justicia, a la fraternidad. Es clarísimo: ellos también pertenecen al Reino. Jesús nos trajo el mensaje de un Dios que está a favor de la vida del hombre. Y todo el que esté a favor del hombre y de su vida, está de su lado. “El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. 

      Los cristianos tendríamos que aprender a jugar el juego de la inclusión y evitar a toda costa el juego de la exclusión. Porque Jesús no excluyó a nadie. Sino que juntó a todos. Hoy es día para sentirnos hermanos y hermanas de todos aquellos que, bajo cualquier fe o ideología, se han dedicado a hacer el bien. Jesús está con ellos y nosotros también. 

Para la reflexión

      ¿Cómo miro a mis hermanos de otros grupos y movimientos? ¿Y a los de otras iglesias? ¿Y a los de otras religiones? ¿Les excluyo o les incluyo en el Reino? ¿Creo en su buena voluntad?

Fernando Torres cmf