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Comentario al Evangelio del domingo, 2 de septiembre de 2018

      Dicen que las sociedades y grupos humanos crean tradiciones cuando se sienten felices. Las tradiciones son precisamente una forma de recordar y revivir esos momentos de felicidad, de plenitud, de comunión. Muchos países celebran todos los años el aniversario de su independencia. Es celebrar la libertad. La mayoría de las tradiciones del pueblo judío se construyeron en torno al recuerdo feliz de la liberación de Egipto y de la entrada en la Tierra Prometida. Son recuerdos y celebraciones de un pasado feliz, que, gracias a de las tradiciones, van pasando de generación en generación.

      Lo malo es que a veces las tradiciones dejan de ser el recuerdo de un pasado feliz para convertirse en algo que hay que hacer porque sí. Entonces pierden su sentido. No son liberadoras. No nos ponen en conexión con nuestra historia, sino que nos oprimen y nos obligan a hacer cosas de las que desconocemos su sentido y razón. 

      En el Evangelio de hoy, Jesús reprocha a los judíos precisamente el haber convertido sus hermosas tradiciones en una pura ley que todos, sin excepción, se veían obligados a cumplir. Es casi seguro que el lavarse las manos antes de la comida era una forma de expresar que para el judío toda comida era en cierto sentido un momento de comunión con el Dios que les había regalado la tierra que habitaban y sus frutos. Pero con el tiempo se olvido el significado y quedó sólo la norma, la tradición desnuda de sentido. Llegó a ser un mero rito automático, un gesto sin sentido. Jesús les recuerda que el lavarse las manos no puede ser más que un signo de una pureza más profunda: la pureza de corazón. Para entrar en comunión con Dios lo que tenemos que purificar es el corazón. Las manos son sólo un signo de esa otra pureza necesaria. 

      Los cristianos podemos pensar que estamos libres de esas tentaciones que tuvo el mundo judío. No es verdad. ¿Para cuántos de nosotros la misa dominical es sólo una obligación que hay que cumplir porque sí? Sin embargo, en su origen no fue más que la expresión del gozo vivido y sentido de ser comunidad en torno a Jesús Resucitado. ¿Cómo no se iba a expresar esa alegría en la participación comunitaria en la Eucaristía? Pero hemos transformado en una obligación lo que es sólo una gozosa acción de gracias en comunión con los hermanos y hermanas. La Misa no es más que un ejemplo. Se podrían poner muchos otros. Ser cristiano no es cumplir con una serie de normas. Es vivir con gozo el amor que Dios ha puesto en nuestros corazones.

Para la reflexión

      ¿Qué sentido tienen para nosotros los actos en los que participamos en nuestra comunidad cristiana? ¿Son sólo una obligación que cumplimos por temor al castigo?

Fernando Torres cmf