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Comentario al Evangelio del domingo, 8 de julio de 2018

      De entrada, no es profeta el que predice el futuro. Los adivinadores no son profetas. Además, la mayor parte de las veces se suelen equivocar. El profeta no dice lo que va a suceder sino que vive y actúa de manera que las cosas sucedan de otra forma. Tiene un estilo de vida diferente y provocativo. Su palabra conecta con realidades que tenemos olvidadas. Ante él sentimos que el terreno se mueve bajo nuestros pies, que lo que nos parece normal, a lo que estamos acostumbrados, no es tan normal. Y que no deberíamos acostumbrarnos a ello. El profeta no predice el futuro sino que nos abre a un nuevo futuro y nos invita a entrar en él. En nuestras manos está el escuchar y entrar por ese camino nuevo o rechazarlo. Pero siempre, por el terremoto que suscitó su palabra y su presencia en nuestra vida, sabremos que hubo un profeta entre nosotros. 

      Así fue profeta Jesús. Cuando volvió a su pueblo, la gente no hacía más que preguntarse y admirarse. Algo nuevo había en aquel hombre al que todos habían conocido de niño. Las palabras de Jesús estaban dichas con autoridad. Traían la novedad consigo. Hablaba de Dios como quien lo conocía de cerca y lo trataba en la intimidad. Ofrecía una esperanza nueva para los que vivían en una lucha diaria simplemente por llegar al día siguiente. Pero escuchar sus palabras obligaba a salir de esa vida rutinaria y habitual. Las palabras de Jesús sacaban de sus casillas a la gente que le escuchaba. Les hacía sentirse incómodos. Los de su pueblo prefirieron encasillarlo, pensar que estaba loco, que lo que decía no tenía sentido, que era imposible que dijese algo con sentido el que no era más que el hijo de María, el carpintero. Por eso Jesús no pudo hacer allí ningún milagro. No se abrió ningún futuro nuevo para los habitantes de Nazaret. Ellos mismos se cerraron el camino. 

      Hoy no faltan profetas. Otra cosa diferente es que les escuchemos. Tampoco los aceptamos como tales. Sencillamente porque les conocemos. Utilizamos el mismo argumento que usaron los paisanos de Jesús. Y nos cerramos a las nuevas posibilidades, caminos y esperanzas que Dios nos abre a través de ellos. Porque los profetas son hombres y mujeres animados por el Espíritu de Dios. Marcan diferencias, nos sacan de lo habitual y nos hacen intuir formas nuevas de vivir, más humanas, más fraternas, más libres, más justas. En ellos reside la fuerza de Cristo, la fuerza de Dios. Ciertamente tienen sus debilidades. No son santos de altar. Pero, como dice Pablo en la segunda lectura, casi seguro que han aprendido a vivir con ellas y a gloriarse en Cristo y no en sí mismos. Por ellos habla el Espíritu. Si no los escuchamos, ¡peor para nosotros!

Para la reflexión

      ¿Quiénes son hoy profetas para ti? Da algunos nombres, pueden ser personajes importantes o gente de tu entorno más cercano. ¿En qué medida los escuchas? ¿Sientes que, si los escuchases, podrías vivir de otra manera? ¿Ser más feliz? ¿Más libre? ¿Más justo? ¿Más solidario?

Fernando Torres cmf