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Comentario al Evangelio del domingo, 1 de julio de 2018

Es curioso. La frase que da título a esta homilía puede ser causa de conflictos. Desgraciadamente seguimos haciendo de Dios bandera de nuestra propia forma de pensar. En definitiva, le usamos para justificar lo que pensamos, queremos o deseamos. Hay grupos que están a favor de la paz. Estos agitan la bandera de Dios para decir que hay que estar contra cualquier forma de guerra o violencia. Y hay otros grupos que parecen estar exclusivamente preocupados por el aborto. El tema de la guerra no les interesa o les interesa muy poco. Unos y otros están en favor de la vida pero sólo en un aspecto. Por en medio andan los partidarios de la eutanasia, que parece que están a favor de la vida, pero no de toda vida o de la vida a cualquier precio sino de una vida dignamente vivida. Todos de una forma de otra, a favor o en contra, tratan de atraer a Dios hacia su bando para justificar sus posiciones. 

      La realidad es que Dios está a favor de la vida, de la vida de la persona. Ya dijo San Ireneo, un santo Padre de los primeros siglos de la Iglesia, que “la gloria de Dios era la vida del hombre”. Dios quiere nuestro bien. ¡No puede ser de otra manera! Nos ha creado. Es el autor de la creación. No se puede concebir que haya creado este mundo para destinarlo a la muerte. Más bien, hay que pensar lo contrario: que lo ha creado para destinarlo a la vida y a la vida eterna. Eso es lo que nos dice la primera lectura tomada del libro de la Sabiduría. 

      En el Evangelio, Jesús está definitivamente a favor de la vida. No es necesario entrar en profundas exégesis ni explicaciones del texto. Es tan sencillo como ver que Jesús cura a la hija del jefe de la sinagoga. Y también cura a la mujer que padece flujos de sangre. En el primer caso, es Jesús el que se mueve hacia el enfermo o muerto y le toca. En el segundo es la mujer la que se acerca a Jesús y le toca. En los dos casos la curación es de una enfermedad física, que es sin duda la primera amenaza a la vida. 

      Hoy somos nosotros los que hemos de ocuparnos de esa defensa de la vida. Pero lo hemos de hacer con la honestidad suficiente como para no guardar silencio ante ninguna amenaza a la vida. No sólo el aborto es pecado contra la vida. No sólo la guerra. La injusticia, la pobreza, el egoísmo, la falta de amor, son también amenazas para la vida. No podemos pronunciarnos con rotundidad en un caso y callarnos en el otro. Eso no significa que no haya dudas. Hay situaciones en las que es difícil ver claro qué es lo mejor o qué significa en concreto defender la vida. La eutanasia puede ser una de ellas. Ahí tendremos que aprender a dialogar y escuchar. Y hasta aprender a convivir con situaciones concreta para las que no tenemos una respuesta clara. Pero siempre defendiendo la vida y la vida para todos. Con Dios, nuestro creador y nuestro salvador. 

Para la reflexión

      ¿Estoy convencido de que Dios defiende toda la vida y la vida de todos? ¿De qué modo esta la vida amenazada en su integridad cerca de mí? ¿Qué puedo hacer por defenderla, promoverla, apoyarla, salvarla, curarla? 

Fernando Torres cmf