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Comentario al Evangelio del domingo, 10 de junio de 2018

      Jesús es un hombre radicalmente libre. Lo manifestó paso a paso en su vida. Y también en la forma que tuvo de enfrentarse a su propia muerte. Hoy nuestro mundo tiene también sed de libertad. Los pueblos se quieren liberar de la opresión, la que viene de sus propios gobernantes y la que viene del dominio de otros pueblos. Los jóvenes quieren librarse de la autoridad de sus padres para poder hacer su voluntad. Cualquier forma de autoritarismo es socialmente mal vista. La consigna de la libertad es de las pocas que son todavía capaces de conseguir que gentes de todas clases e ideologías salgan a la calle y se manifiesten en defensa del derecho sagrado de la libertad. 

      Pero ser libre sigue siendo una aventura difícil, un camino arriesgado. Significa asumir la responsabilidad de tomar las riendas de la propia vida. Implica asumir también los errores sin buscar excusas, sin echar la culpa a los otros. Eso es difícil. Eso cuesta. La primera lectura es un ejemplo clarísimo de que no se nace libre sino que se aprende a ser libre con esfuerzo. Adán y Eva no supieron asumir su propia responsabilidad. Lo único que hacen es echar la culpa a otro. El castigo le tocó a la serpiente porque ya no tenía a nadie a quien echar la culpa. Por el contrario, el Evangelio pone de manifiesto la soberana libertad de Jesús. Para defender su propia opción no tiene miedo a enfrentarse no sólo a la sociedad sino a su propia familia. Se siente libre de los lazos sociales y de los lazos familiares. Hasta tal punto que declara que su familia no es la de la sangre sino la de los que obedecen la voluntad de Dios. Y Dios no tiene otra voluntad que nuestra salvación y nuestra libertad. Porque “para ser libres nos liberó el Señor” (Ga 5,1). Esa libertad le llevó a Jesús al enfrentamiento con la sociedad de su tiempo. Le llevó a la muerte. Pero no renunció a ella por la vida. Jesús dijo con su vida aquello de “antes muerto que arrodillado”. Le pudieron quitar la vida pero no la libertad. 

      El pecado mayor de que habla Jesús en el Evangelio no es otro que la renuncia a la libertad. La libertad es el don mayor que Dios nos ha regalado. Renunciar a él significa renunciar a ser hijos, renunciar a ser personas. Hoy el Evangelio nos invita a seguir nuestro camino. Seguir a Jesús no es otra cosa que vivir a fondo nuestra libertad y tomar nuestras decisiones conscientes de que no hay más que una realidad: que todos somos hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre. Y asumir la responsabilidad de nuestras acciones que deben orientarse a construir fraternidad y no a destruirla. Porque la gloria de Dios no es sino el bien del hombre. Esa es la voluntad de Dios. Ese es el mensaje que Pablo predicó siempre: liberarnos de todas las opresiones para vivir en la libertad de los hijos. ¡Que nunca pequemos contra el Espíritu de la libertad!

Para la reflexión

      ¿Qué significa para mí la libertad? ¿Cuáles son las esclavitudes que me atan? ¿Asumo responsablemente las consecuencias de mis actos? ¿Pongo mi libertad al servicio de la fraternidad, de la libertad de los demás?

Fernando Torres cmf