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Comentario al Evangelio del domingo, 3 de junio de 2018

La Eucaristía, signo de la Nueva Alianza

      Desde el primer momento, los discípulos de Jesús comprendieron que las comidas que habían celebrado con Jesús no habían sido simples comidas. Habían sido algo más. Especialmente, la última cena que Jesús había celebrado con ellos tuvo un significado especial. No sólo porque fue un momento de despedida. Además, Jesús, al repartir el pan y el vino entre los discípulos, había hecho, de aquel compartir, el signo de su sangre y de su cuerpo. Y les dijo que la entrega de su vida, que iba a ser una realidad poco después, sería el signo de la Nueva Alianza que Dios iba a hacer con la humanidad. Aquella entrega se simbolizaba en la entrega del pan y el vino a todos los comensales. 

      Los discípulos ya habían oído hablar de la alianza entre Dios y su pueblo. Abrahán había sido el primero. Luego, Moisés y el pueblo rescatado de la esclavitud. Pero todas aquellas alianzas habían sido rotas por la infidelidad del pueblo. Ahora oían hablar a Jesús de una Nueva Alianza que se firmaría sobre la sangre de Jesús. Y se dieron cuenta de que aquella última cena con Jesús era un momento clave en la vida de Jesús y en las suyas. Aquella cena era importante para toda la humanidad. Por eso, cuando después de la resurrección de Jesús se volvieron a reunir, celebraron una cena parecida a aquella. Recordaron la presencia de Jesús y repitieron sus palabras cuando repartieron entre todos el pan y el vino. Aquel pan y aquel vino se hicieron signo de la presencia real de Jesús entre ellos. Aquel pan y aquel vino fueron y siguen siendo signo de la Nueva Alianza, la alianza del amor y de la fidelidad de Dios que va siempre más allá de nuestra infidelidades, limitaciones y pecados. 

      Hoy, los cristianos, seguimos celebrando aquella cena. La llamamos Misa o Eucaristía. En ella recordamos a Jesús y repetimos sus palabras sobre el pan y el vino que se convierten en signo vivo de su presencia entre nosotros y en señal de la Alianza, del amor de Dios para nosotros. En la Misa nos juntamos personas de diversas procedencias y, en el nombre del Señor Jesús, descubrimos que Dios nos hace hermanos a todos, que nos invita a vivir en amor y justicia, que nos invita a hacer la paz entre nosotros y a trabajar por la paz en el mundo. Escuchamos la Palabra de Dios y, al comulgar el pan y el vino, recibimos en nuestro corazón la presencia viva de Jesús que nos anima a comprometernos para hacer de este mundo una única cena donde todos nos encontremos como hermanos y nadie se sienta excluido, porque todos somos hijos. En la Misa rezamos juntos el Padrenuestro, la oración que Jesús nos regaló y que nos hace darnos cuenta de que Dios es padre de todos. Y damos gracias porque en Jesús Dios nos ha liberado de la muerte y del pecado. 

Para la reflexión

      ¿Qué significa para mí la celebración de la Misa cada domingo? ¿Es una ocasión gozosa para encontrarse con los hermanos? ¿O procuro escaparme de ella porque es un rito aburrido y sin sentido? ¿Cómo la viviría si me diese cuenta de que Jesús está con nosotros?

Fernando Torres, cmf