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Por: Ianire Angulo

Dicen que el mundo se divide entre alondras, que son quienes están más lúcidas por la mañana, y los búhos, que empiezan a ser ellos mismos a medida que pasa el día. Yo soy, sin duda, búho, así que podéis imaginar lo “bien” que llevo el comienzo de curso y que el despertador decida atacarme sin previo aviso a las seis de la “madrugada”.
 
Sí, estos días me está costando salir de casa cuando aún es de noche cerrada. Una de las pocas cosas que me dan consuelo tan temprano es lo bien que se ven las estrellas. Siempre me acuerdo de esa promesa lanzada a Abrahán: “Mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas… así será tu descendencia” (Gn 15,5).
 
Quiero pensar que también a mí se me hace esta invitación a la esperanza en aquello que desborda con mucho mis capacidades humanas y que sólo Dios es capaz de llevar adelante, que esos luceros evidencian que en la noche siempre hay resquicios para la luz y que también a mí se me promete una Presencia que caminará silenciosamente a mi lado a lo largo de la jornada en forma, muchas veces de estrellas: personas capaces de reflejar sin pretenderlo una Luz mayor y que, de este modo, nos guían por un camino cierto.
 
Por eso, a pesar del sueño y de la pereza que supone siempre volver a las rutinas, tampoco yo puedo, como Abrahán, contar las estrellas de mi vida ni esquivar la propuesta del “Sol que nace de lo alto” (Lc 1,78) de acoger su brillo para convertirme también yo en su estrella… sólo por hoy y mientras despierta el día.

 

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