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Evangelio dominical

Cuando escuchamos las palabras de Jesús de este domingo nos parece imposible que puedan ser verdad. Eso de no agobiarnos parece que se encuentra a miles de años luz de nuestras posibilidades. Pareciese que el día a día se fuese encargando de hacer que los agobios vayan apareciendo, anclándose a nuestras almas e impidiendo que disfrutemos. 

El evangelio nos habla de lirios y de pájaros, de cosas superfluas para muchos, pero qué en su gratuidad nos dan lecciones que no muchos no sabemos ver. 

Jesús va siempre a lo esencial, a las cosas que solo pueden ver los limpios de corazón. Aquellos que todavía sueñan y, porque lo hacen, tienen la capacidad de sentirse dichosos. Les podemos llamar ilusos, necios, inmaduros… pero saben apreciar los vestidos inmensamente hermosos de unas flores que nacen solo para ser contempladas en su belleza. O a unos pájaros que saben que el Padre no se desentiende de ellos, es más, que se preocupa de ellos. 

Un Padre de pájaros y flores que los niños y los ilusos saben contemplar, saben disfrutar. Y que los que vamos teniendo edad y poco tiempo nos perdemos. Es más, lo buscamos donde no está. 

Padre de niños y flores. Padre de Jesús que dice que vayamos a él, a su yugo llevadero y a su carga ligera. Y nosotros empeñados en yugos y cargas que no nos pertenecen. Padre de niños y flores. 

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