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Tomarse «en serio» el Jubileo

Fernando Prado, cmf 

Francisco nos invita a tomarnos en serio este tiempo Jubilar que se abre ante nosotros. El Papa nos anima a vivirlo como algo realmente especial. No vale hacerlo de cualquier manera. Es una invitación, sí, pero, a su vez, es una llamada. Una llamada que él ve como una urgencia, pues «hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre»(MV 3).

En la tradición bíblica, cada cincuenta años, el cuerno y las trompetas anunciaban el jubileo. Se trataba de un Año Santo, de un tiempo de reconciliación para todo el pueblo. En este tiempo se debía recuperar una buena relación con Dios, con el prójimo y con la creación.

En esa misma línea, cuando la Iglesia convoca hoy un Jubileo, nos invita, en nombre de Cristo, a vivir un extraordinario tiempo de Gracia. Se trata, ha dicho Francisco, de un tiempo para que la Iglesia «redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado el día de Pascua: ser signo e instrumento de la misericordia del Padre». No hay que andar distraídos, dice el Papa, sino al contrario, «hemos de permanecer y despertar en nosotros la capacidad de ver lo esencial» . En esta hora de la Iglesia, el Papa nos propone vivir un Jubileo centrado en la Misericordia, como un «tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes» (Carta del Papa Francisco a Mons. Riño Fisichella, con la que se concede la indulgencia durante el Año Jubilar de la Misericordia -1 de septiembre de 2015). 
No conviene bajar la guardia: hace cincuenta años, el Concilio Vaticano II ya se había propuesto testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe. Juan XXIII había señalado la necesidad de que la Iglesia empleara la «medicina de la misericordia» y se mostrara como «madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella» (Juan XXIII. Discurso de apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II - 11 de octubre de 1962). En ese mismo horizonte se habían situado también los pontificados de Pablo VI y los de los sucesivos papas, que no quisieron dejar de caminar en este sentido. 

San Juan Pablo II, incluso escribió Dives in misericordia, toda una encíclica para hacer caer en cuenta a la Iglesia sobre la importancia de esta en el momento actual. Así decía entonces, «el misterio de Cristo me obliga al mismo tiempo a proclamar la misericordia como amor compasivo de Dios [...], me obliga también a recurrir a tal misericordia y a implorarla en esta difícil, crítica fase de la historia de la Iglesia y del mundo» (Juan Pablo II. Dives in misericordia, 15).

No es, por tanto, un tema novedoso, ni mucho menos, pero el papa Francisco ha visto este momento como un tiempo propicio para convocar este Año extraordinario. El Papa ha querido dar con esta convocatoria un impulso especial a un tema que, ciertamente, ha quedado un tanto orillado, pues en la cultura actual el argumento de la misericordia es entendido muchas veces como una cuestión para los débiles, un tema «piadoso», tal vez prescindible, si bien, en el fondo, es la más pura esencia del Evangelio.

La celebración de los cincuenta años del final del Concilio es motivo para tomar nueva conciencia de que la Iglesia sigue caminando, «en la confianza plena -dice Francisco- de sabernos acompañados por la fuerza del Señor Resucitado que continua sosteniendo nuestra peregrinación» (MV 4). Así, en este caminar que continúa en la senda del Concilio, el Jubileo quiere ser una oportunidad especial para dejar que Cristo «derrame su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir, con el compromiso de todos en el próximo futuro».

Sin duda, el Papa espera muchos frutos de este Año Santo. Francisco confía en que «los años que están por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios». El Papa quiere que «a todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros» (MV 5).

Celebrar un Jubileo es una oportunidad privilegiada para caminar en este sentido. No es una cuestión del Papa. El Jubileo nos ha de implicar a todos. El Papa nos lo propone poniendo en ello toda la fuerza de la Iglesia, invitando a todos los creyentes, de todos los lugares del mundo, a que nos empeñemos y nos centremos en vivir en profundidad este tiempo propicio. Es una invitación que se quiere traducir en un compromiso de futuro. Se trata de ser, nada más y nada menos, que «Misericordiosos como el Padre». Así reza el slogan que se ha buscado para el Año Santo.

Y ahí nos la jugamos, pues la misericordia, dice Francisco, es la «viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia y todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia». Y añade: «la credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo» (MV 10).

Es tiempo, dice Francisco, de «retornar a lo esencial». La Iglesia, en su misión de anunciar la misericordia de Dios, «quiere hacer suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir a ninguno». «La Iglesia, en su lenguaje y en sus gestos, debe transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre», pues «donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre» (MV 12).

Es la gran tarea a la que estamos invitados. Antes de comenzar el camino, es necesario tomar conciencia de que es posible caminar y vivir este Jubileo porque El camina con nosotros y sostiene nuestros pasos. El que comenzó su obra en nosotros la llevará a buen término.