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8 de diciembre: una cita antigua y siempre nueva

C1ada uno conserva en el corazón algunos días de su propia vida que tienen un significado muy particular. Más allá de los acontecimientos, los recuerdos importantes son los que, en cualquier modo, se nace. La solemnidad de la fiesta de la Inmaculada Concepción , para quien pertenece a la Familia salesiana, es revivir el propio nacimiento, los inicios del carisma, el esbozo de la propia historia porque es hacer memoria de cuanto profetizaba don Bosco: “Vosotros completaréis la obra que yo empiezo: yo bosquejo, vosotros pondréis los colores” (MB XI 309) .

El 8 de diciembre de 1841 estaban ya todos los colores de un cuadro que no se habría colgado de una pared pero que habría cobrado vida: el encuentro de don Bosco con un muchacho que fue apreciado por aquel poco que sabía hacer, y precisamente por esto se sintió amado, tal vez se podría definir cono el principal color de un fundamental icono salesiano definido en su esencia como “amorevolezza”. El encuentro de don Bosco con un muchacho sigue siendo hoy el paradigma de cada encuentro con los jóvenes de la sociedad contemporánea porque es el lugar del nacimiento , por consiguiente el lugar al cual volver continuamente, el lugar de revivir para afirmar que hoy es posible continuar pintando este cuadro soñado por Dios. El nacimiento del oratorio es inseparable de una mujer: María, modelo para los educadores y para los jóvenes. Mirar a María con una “devoción educativa”, tal como la definió Don Pascual Chávez, Rector Mayor de los Salesianos, recordando a Don Bosco. María representa el dinamismo del amor que posee el secreto de abrir el corazón, sobre todo de los jóvenes, para que puedan sentirse amados.

La pertenencia a la Familia Salesiana es un regalo que cada día de manera particular, se nos da, sorprendiendo por el gusto de lo antiguo y de lo nuevo que encierra en sí. Es una cita anual que despierta mayormente el deseo de mirar a María para que continúe siendo Aquella que enseña a reunir a los jóvenes profundamente, contagiándolos con los colores de un cuadro que se nos pide contemplar para discernir los caminos de una nueva evangelización, quizás partiendo de una sencilla pregunta: “¿sabes silbar?”…

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