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“…el Poderoso ha hecho tanto por mí…”

(Luc 1, 49)

Sor_Mara_Troncatti_Misionera… así diría Sor MARÍA TRONCATTI, la religiosa salesiana, beatificada en Macas el pasado 24 de noviembre del 2012, como un día proclamó María de Nazaret.

Asomada desde su visión beatífica al bullicio que azotaba su Macas querida, en mitad de la Amazonía ecuatoriana, sor María, la “Abuelita”, como la llamaban cariñosamente en sus últimos tempos, tras haber sido la “Madrecita” por más de cuarenta años en todos los rincones de la selva envolvente, sonreiría la buena misionera, modelo espléndido de una sencillez bondadosa. Porque de ella poco más se puede hablar sino es de su bondad tan sencilla.

Pero antes de hablar de la fiesta indescriptible en la capital de Morona Santiago, hay que acercarse a la existencia buena de María Troncatti.

Una campesina de Brescia, de Córteno Golgi, en concreto, que nacía el 16 de febrero de 1883 en el seno de una familia patriarcal, ésa era María, dedicada en sus primeros años a ayudar a sus padres en las faenas rurales. Pero con tiempo también para ir a la escuela donde, a sus nueve años, oye historias de las misiones salesianas, relatadas en el Boletín Salesiano… algo que fue la llamita que iría creciendo en su vida buena.

Pero tendría que esperar mucho tiempo para que sus sueños generosos fueran cristalizando en realidades salesianas concretas. Encontró rechazos familiares (su padre) y hasta clericales (su párroco). Sólo en 1908, lograda la mayoría de edad, pronuncia sus primeros votos entre las Hijas de María Auxiliadora. Su primer destino, cocinera y catequista. Y así comienza su andadura de servidora y evangelizadora, la María sencilla y auténtica.

Y llega la I Guerra Mundial. María, que ya ha manifestado a sus superioras el anhelo misionero, concretamente entre los leprosos, hace unos rápidos estudios de enfermería y acude solícita a cuidar de los soldados heridos. Esta cercanía al dolor y a la sangre le acompañará el resto de su vida por los caminos de la selva amazónica.

Y por fin al Ecuador, en 1922. Sus ideales iban tomando formas precisas. Tras el largo viaje trasatlántico, desembarca en Guayaquil y enseguida es destinada a Chunchi, como etapa de aclimatación a la nueva cultura. Allí pasa tres años y enseguida, a lomo de burro, se adentra en la Amazonía, que sería desde entonces hasta su muerte su morada bien amada. Primero fue Méndez, luego Macas –la del bullicio ya mencionado- donde trascurriría la mayor parte de su vida misionera. Sin olvidar Sevilla Don Bosco y Sucúa, punto de partida para su último vuelo… al encuentro del Padre. Allí, en la densa y bella Amazonía pasó 44 años.

Macas, territorio de la etnia Shuar con la que tan profundamente se identificó, era por aquellos tiempos de su llegada un enclave de colonos, llegados por intereses fundamentalmente económicos. María media en las tensiones que surgían entre colonos e indígenas, otra de las difíciles y evangélicas tareas de nuestra misionera, cumplida con dolor pero también con éxito.

Exitosa fue también su tarea en diversos ámbitos pastorales, como la describe Don Pascual Chávez, Rector Mayor de los Salesianos: “Mientras curaba y socorría, evangelizaba, proclamando y testimoniando a todos el amor infinito del Padre y la ternura materna de María Auxiliadora”. La medicina, en muchas de sus facetas –desde “operar” ayudada por un poco de yodo y una navaja esterilizada por el fuego, hasta la dentistería o la anestesia- fue una de sus principales actividades. Muchos hoy día aún las recuerdan. Primero fueron los botiquines, luego la caseta… hasta llegar al Hospital de Sucúa… El espíritu salesiano y la incansable actividad de María están al origen de todo ello. Sin títulos ni alharacas, pero con mucho amor y realismo.

Y junto a todo ello, la reconciliación, la promoción de la mujer shuar, la ayuda para los matrimonios indígenas… Nada se resistía a su amor misionero. “Una mirada al crucifijo me da fuerza y valor para trabajar”, escribía como expresión de su ardor contemplativo. Cuando las Hermanas llegaban a la iglesia para la oración matutina, Sor María acababa ya el vía crucis diario que seguía a una hora de adoración. Admirable.

Sin soñarlo siquiera, ponía ya en práctica lo que más tarde (2007) proponía la Conferencia Episcopal de Aparecida: “…la vida consagrada está llamada a ser una vida discipular, apasionada por Jesús camino al Padre misericordioso, por lo mismo de carácter profundamente místico y comunitario”. (DA 220).

Pocas cartas se conservan de ella –únicos escritos, dentro del estilo de su tiempo y su cultura-, “pero es difícil superarle a Sor María en entrega y fidelidad”, escribe bella y profundamente el P. Juan Botasso, salesiano, quien estuvo cerca de ella varios años en la Amazonía.

Y de nuevo en Macas, no precisamente a lomos de burro, pero sí a horcajadas de una emoción y alegría desbordantes. Se respiraban en las calles y el ambiente, en las guirnaldas y las bengalas… Era como un nuevo Vaticano, muy diferente, claro está, pero muy hondo. Se calculan en cinco mil los peregrinos llegados del Ecuador y países vecinos, sin olvidar una representación de la familia y el pueblo de María Troncatti. Una vez más, ella sonreiría admirando la que había armado sin querer.

El Coliseo deportivo de la ciudad se convirtió en Basílica. No se cantaba gregoriano, pero todo el gentío cantaba entusiasmado. Presidía un Cardenal salesiano, Angelo Amato, quien en nombre del Papa declaraba Beata a la Madrecita, campesina de Brescia, joven ilusionada por la misión en larga espera, a los pies de la gente sufriente, enamorada de los shuar –qué bella y emotiva la presencia de muchos y muchas de ellas, sacerdotes de la etnia incluidos, con sus atuendos típicos, originales- que moría el 25 de agosto de 1969 al caer la avioneta que debía trasladarla desde Sucúa a Quito donde debía hacer sus ejercicios espirituales. Se fue a alabar al Padre junto a Don Bosco y la Mazzarello. Tenía 86 años y una salud en descenso.

Toda la organización –liturgia y folklore, alimentación y protocolo, danza y teatro…, todo- respiraba un aire salesiano, lleno de alegría, música, sencillez y cercanía, presencia juvenil… Indescriptible, precisa y preciosa.

Desde mucho tiempo antes de empezar la ceremonia, el sábado 24 de noviembre a las 10 am, el Coliseo estaba ordenadamente repleto, de gente y de música, de entusiasmo y de gracia. Y aquella plenitud fue creciendo y a ella se sumaron la mayoría de los obispos del Ecuador y más de doscientos sacerdotes. Algo llevaba a pensar que otra liturgia es posible y otra participación popular es necesaria. No había cansancio. Y en cada revuelta del caminar litúrgico nos veíamos sorprendidos por nueva música –shuar también- y nuevos gestos significativos… con la sonrisa de la Madrecita – Abuelita, lejanamente cercana. Valía la pena haber llegado para sumergirse en tanta belleza buena.

Algo nuevo está naciendo…, rumiaba por ahí dentro, recordando lo del Apocalipsis, “Había una muchedumbre inmensa de toda nación, razas, pueblos y lenguas… el Cordero los guiará a los manantiales de las aguas de la vida” (Apc 7, 9.17).

Todo acontecía a poco de concluirse el Sínodo de la nueva evangelización e iniciarse el Año de la Fe. Don Pierluigi Cameroni, postulador de su Causa, acababa de escribir: “la historia de sor Troncatti brilla como modelo singular de mujer consagrada misionera y madre de todos. Su testimonio nos anima a un compromiso eclesial más decidido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. Con su vida y santidad sor Troncatti nos recuerda que la fe crece cuando se vive como experiencia del amor recibido y cuando se comunica como experiencia de gracia y alegría”.

Y así, despacito y sonriendo, Sor María ya se puso a hacernos pensar, como en el Foro “Mujer religiosa y pueblos indígenas del Ecuador”, organizado por la Universidad Politécnica Salesiana de Quito, los días 6, 7, 8 de noviembre.

Cecilio de Lora sm